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claudio rojas
Por Claudio Rojas G.
Esta pandemia nos hemos enfrentado a nuestra fragilidad humana. De alguna manera, hemos hecho el ejercicio ontológico de experimentarnos como seres inconsistentes, incapaces de defendernos ante lo desconocido. Economías, políticas, gigantes empresariales, imperios y soberbias personales se desvanecen ante la magnitud del problema. Así, nuestros cuerpos frágiles se confrontan con el poder de lo externo, nos creíamos imbatibles y de pronto situaciones como éstas nos enfrentan a nuestra debilidad, pero también a preguntarnos por nuestro estilo de vida, por la naturalización de una existencia vertiginosa, sin descanso que se sobre exige al punto de vivir para trabajar. Esa es la consigna: trabajo, consumo, exitismo, es lo que hemos aprendido.
También nos emplaza a mirar(nos), a reconocer nuestra ceguera intelectual y la fragilidad de la ecología humana a la que estamos sometidos producto de un sistema social y económico que nos lleva al máximo de nuestras fuerzas, y a colapsar nuestro planeta: tanta basura, irresponsabilidad estructural, deforestación, sobre explotación, incendios intencionales para fines económicos, entre otros.
Esto ha ingresado a nuestro ADN a través de nuestras neuronas y se ha instalado en nuestros cuerpos que se han acostumbrado a la precariedad ambiental; respirando smog y, anhelando sentir el aire limpio, contemplar las noches estrelladas, disfrutar de climas templados. Hemos permitido, suscitado y desencadenado, ya sea por complicidad o por naturalización (implícita o explícitamente), el avance de los desiertos, aguas estancadas, deshielos, escasez de lluvia y toda crisis ecológica provocada por el extractivismo y la voracidad de un sistema económico irracional. Aun así, la naturaleza es sabia y nos coloca frente a nosotras/os mismas/os para que nos detengamos, nos refugiemos y permitamos que el planeta respire.
 
En definitiva, nos enfrentamos ante la mayor de las fragilidades que son las relaciones humanas. Tantos años rehuyendo la mirada en los medios de transporte público o en las calles, viviendo la altanería de no necesitarnos. Tantos años manteniendo la distancia psicológica, aunque nuestros cuerpos transitaran por la ciudad unos pegados a otros, como en una fatalidad paradojal de no querer relacionarnos. Los dispositivos electrónicos, tales como el celular, tablet, computador o cualquier otra excusa, servían para no correr el riesgo de encontrarnos con la mirada del otro. Hoy, ante la imposibilidad de reunirnos y abrazarnos, nos surge la nostalgia de la vida diaria en el trabajo, en el colegio, la universidad, los espacios públicos y familiares, quizás ahora que no los tenemos los valoramos más. Sin embargo, en casa, con los nuestros, podemos descubrir que entre nosotros somos unos desconocidos, que nos cuesta compartir el mismo espacio, que siempre estamos enfocados hacia lo externo para no enfrentar nuestra realidad, en definitiva, el coronavirus se tornó no sólo en un problema de salud, sino también, en un problema de relaciones humanas, pero que nos ofrece una gran oportunidad, nos hace replantearnos que debemos ante la adversidad que nos pone la vida, aprender a vivir en comunidad.
Así, desde la fragilidad existencial, ecológica, social y de relaciones humanas, surgen tres palabras centrales: responsabilidad, inteligencia y solidaridad. Esto para cuidarnos, cuidar a otros, dar la pasada, agradecer, pedir permiso pues, somos responsables porque respondemos al prójimo y a nosotros mismos en la búsqueda del bien y el bien común.
 
Lo anterior, nos permite ser más solidarios, concepto cuya etimología hace alusión a algo sólido y, esto es, la alianza de los distintos sujetos sociales que se unen para fortalecerse mutuamente, cuidarnos y cuidar a otros. Y ante tanta sociedad líquida, desechable y depredadora, es imperativo buscar los soportes sólidos, afectivos, duraderos y éticos que permitan romper la inercia del descuido, de la indiferencia y de la ceguera.
Nosotros, que miramos el problema desde el balcón del tener algún grado de conocimiento, del entendimiento en alguna medida del proceso espiritual que estamos viviendo como humanidad, y del saber de qué tiempo cronológicamente vivimos; tenemos una especie de pequeña ventaja, que es peligrosa pues podemos caer en la arrogancia, pero de cierta manera que debe ser una gran oportunidad para ejercer en pleno la humildad, la inofensividad, la compasión y el tratar de ponernos en el lugar del otro para tratar de entenderlo cabalmente.
Gracias a Dios nosotros tenemos la posibilidad de sentir a Dios en el viento, al mirar el cielo, el Sol, la montaña, un árbol, un río, un paisaje, un niño, una mascota, un pájaro, en las flores; y además muy especialmente escuchar la voz directa del Logos, gracias a la tecnología.
29 de Marzo 2020

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