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brunoDe Erika Pais
La búsqueda eterna de aquellas únicas huellas, indelebles y casi invisibles que nos podrían soplar a los oídos del alma el camino justo para unir los puntos que revelan el dibujo Celeste de nuestra existencia, nos hace sumergir en un mundo de realidades infinitas. Realidades tan diversas y únicas como seres creados hay, tan ciertas como ilusorias y tan sencillas de interpretar como difíciles de realizar.
En ese dificultoso recorrido nos fue concedido como criaturas preferidas del Padre, la Gracia de saber hacia dónde vamos, la consciencia del destino y la intuición de nuestro origen.
Porque, para la forma de existencia elegida y creada por el Padre para nosotros en el camino evolutivo que nos toca desarrollar, no es más importante el llegar o el partir, porque partiremos en un soplo Divino y llegaremos tarde o temprano, sino que es más importante el recorrido que hacemos y como lo realizamos.
Sin embargo, invertimos gran parte del tiempo adjudicado a nuestra actual existencia para intentar respondernos algo que ya nos fue manifestado instantes antes de tomar carne de manera tal que quede registro sutil en nuestra in-consciencia de cuál es nuestra verdadera esencia.
Quizás, el hecho de perdernos al preguntarnos lo que ya sabemos mientras recorremos el camino, se debe a que la vida humana duele demasiado y el dolor trae olvido. Y es tan fuerte que a veces hasta parecería que logra vencer nuestra identidad Divina.
Pero ¿qué es el dolor? ¿Un sentimiento? ¿Una sensación física? ¿Una manifestación psíquica y material?
Es precisamente por el hecho de volvernos a preguntar todo aquello que, inconscientemente o no, conocemos es que necesitamos crear “dioses” hechos a nuestra medida.
De otra forma, nos sería casi insoportable concebir la Verdadera naturaleza del Padre y Su capacidad creadora.
Nos detenemos inútilmente a mirar hacia dónde vamos, aunque tengamos la certeza del destino, para intentar hacer más corto y menos doloroso el camino y manifestar, así, nuestra rebeldía desordenada y necesaria.
Rebeldía que nos conducirá a meter el caos dentro nuestro, conocer el caos, vivir el caos, para finalmente entender que en realidad el caos, en el Orden Divino, no existe.
Solo luego de eso aprenderemos que es el Padre Quien nos ha concebido a Su imagen y semejanza y que, al hacerlo, crea también todo aquello que nosotros mismos proyectamos y experimentamos.
Somos nosotros los constructores de todo lo que nos rodea, de cada circunstancia que nos involucra la que, además, atenta contra El, pero, sobre todo, atenta contra nosotros mismos y contra nuestra propia existencia.
Al comprender esto, aunque sea solo intelectualmente, podemos ser, por primera vez, también nosotros orquestadores de ese Orden Supremo imperante en La Creación.
Pero como un acto de supervivencia absolutamente necesario debemos destronar a ese “dios” lleno de humanidad, limitado, vengativo, celoso y destructivo que hemos construido para luego realizar y concebir al verdadero y único Padre creador de todas las cosas y también de esos “dioses” nuestros.
Es justo en ese momento de nuestra evolución o camino en el que el Padre permite al Único Dios descender y manifestarse. Y Éste, a su vez, lo hace enviándonos a Su único Hijo para que seamos capaces de ReconocerLo y reconocernos en El.
 
Reconocer al Padre y a Su Hijo, significa también hacerlo en todas sus formas de Existir y manifestarse entre los Hombres, entre las bestias y entre toda criatura viviente que existe sobre este Planeta, posea o no Ego Sum.
Su Emanación Pura y Divina, que hasta ahora nos ha alimentado de Vida y Verdad en silencio, encarna en un Hombre para despertarnos y demostrarnos que en el Orden Natural de la Creación la materia es un medio no un fin; que es gravemente antinatural que pueda vencer y gobernar nuestra Esencia Divina y que, aun sufriendo la humanidad que nos encierra y limita, podemos ser, por antonomasia, capaces de manifestarnos en El y con El.
Una vez que seamos abrazados, compenetrados, absorbidos y poseídos por estos conceptos básicos, tendremos el calzado apropiado para caminar el último trecho de esta manifestación humana y material, que, hasta ahora parecería, que ha logrado corroernos el alma y contagiarnos de un oscuro olvido.
Materia que nos ha segado y empujado a no recordar que sabemos quiénes somos y hacia dónde vamos y peor aún, nos ha hecho olvidar que también ya conocemos el camino.
Materia que se manifiesta, alimenta, desarrolla y crece alrededor nuestro, arriba nuestro, abajo nuestro y dentro nuestro.
La invitación hacia el camino justo fue dibujada en el éter de los tiempos antes de nuestra propia creación.
 
Fue diseñada con Divina Perfección, y con claras, profundas, únicas, Potentes y expresas manifestaciones de la Autoridad del Padre y del Hijo sobre todas las formas de vida existentes en este planeta y también en el universo del que somos parte.
La Gnosis nos fue regalada en pequeñas porciones para que pueda ser devorada lentamente por los espíritus sedientos y despiertos dispuestos a elegir el Servicio como misión evolutiva.
Invitación que fue escupida, rechazada, traicionada y cruelmente bañada por la Sangre Divinamente humana de Dios.
Gnosis que fue cercenada, manipulada, perseguida y estructurada en un discurso que difícilmente exprese la verdadera naturaleza infinita del Padre, para confundir a los llamados, a los elegidos y a los que quisieran alcanzar la oportunidad Divina de poder convertirse en alguno de estos.
Pero hemos permitido que el conocimiento del espíritu sea encerrado en edificios e instituciones que expresan claramente, para los que pueden ver, que para llegar a la Verdad y encontrar el camino, no solamente debemos vencernos a nosotros mismos, sino que también al sistema que hemos proyectado. El mismo sistema que, precisamente, alimenta las debilidades y los miedos a los que nos aferramos y que contaminan La Verdad escondiendo sus sabores, ofuscando su perfume y opacando sus maravillosos colores, volviéndola ambigua e invisible frente a nuestros ojos.
Para esconder todo eso hemos tomado posesión del Mensaje Sagrado, reconociéndolo como cierto, pero muchas veces negando y desconociendo Sus infinitas manifestaciones.
Hemos enjaulado en las cárceles de nuestros limitados pensamientos el Verbo del Padre trasmitido por Su Hijo.
Pensamientos producto de una lógica a la que deberíamos renunciar porque, siendo fruto del Hombre, resulta insuficiente para realizar la infinidad de la Creación.
 
Hemos creado La Iglesia. Los Dogmas.
 
La Cristología, con la que se sustenta el discurso religioso de la Iglesia, a través de sus tres corrientes principales se encarga de describir y argumentar, pero también limitar, la metodología Divina en la relación entre el Hombre y Su creador. Argumentando que: “En cuanto a la naturaleza humana, sólo siendo hombre podría Cristo anunciarnos de una manera adecuada a Dios, sólo siendo hombre pudo ofrecer un ejemplo de vida acorde con la voluntad de Dios. Y que todo esto sólo era realizable si el Hijo de Dios, sin deponer su divinidad, lo llevaba a cabo uniéndose a la humanidad”.
Inspirados por la naturaleza humana intentamos imitar a ese Dios capaz de humanizarse simplificando Sus enseñanzas y basándonos en nuestra propia lectura de cierto “manual de valores”.
” Manual” que no es precisamente el Evangelio y que utilizado como método de control y manifestando formalmente que la tarea de la religión es puramente moral, nos es impuesto sistémica y culturalmente.
Manual con el cual nos juzgamos unos a otros continuamente. Una escala de valores que mide el “deber ser” de aquellos que se identifican con el Mensaje de Jesùs Cristo y que es “fruto de una “Cristología” malversada que se encuentra anidada dentro nuestro más de lo que imaginamos.
Una escala de valores puramente religiosos, que, aparentemente inspirada en las propias y verdaderas enseñanzas crísticas, nos cataloga y clasifica “ética” y “moralmente” de acuerdo a nuestra relación con el prójimo fruto de la supuesta “comprensión” individual del Logos Crístico y sus diferentes manifestaciones. Comprensión que, de acuerdo a este “manual”, lógicamente expresaríamos en nuestro cotidiano devenir, material, psicológica y socialmente en las relaciones humanas con la comunidad a la que pertenecemos.
Minimizando, de esa forma, la incidencia Divina en cada Ser y la expresión viva de ella en la Humanidad a un simple axioma que sustente dicha escala. Escala a la que también podríamos llamar: “vara”.
 
Según esta escala, pactada e impuesta por el poder soberano de las “instituciones” religiosas y espiritualmente dogmáticas, pero también, aceptada por todos nosotros, el grado de evolución espiritual y la comprensión o asimilación del camino hacia el Cristo que cada uno posee, debe ser expresada en el plano físico y funcional en el que misionamos solamente bajo determinadas formas ya preestablecidas y estáticas.
De la misma manera es que también se espera que un Mensajero ( o profeta) actúe de tal o cual forma y lo mismo para un creyente o quien sea que decida abrazar el Mensaje o practicar las enseñanzas.
En el caso de un estudioso y practicante de ellas, por ejemplo, si la comprensión o realización de estas enseñanzas no fueran expresadas de forma exponencialmente amorosa, sencilla, tierna, con elegante aristocracia y bajo ciertos parámetros religiosamente concebidos, recibirá de la comunidad autoproclamada “crística espiritual”, una valoración escasa y pobre quedando sujetos al posible rechazo de esa comunidad.
De esta forma es la propia comunidad la que realiza el control de sus integrantes, seguidores o simpatizantes concediendo a la Iglesia el Poder espiritual sobre las personas repartiendo premios y castigos.
 
Nuestra Obra está compuesta por dos Elementos básicos y se desarrolla completamente alrededor de Estos, El Cristo como causa y fin de nuestra misión y Su mensajero o quien lo proceda, como instrumento interpretador de esa causa y manifestación viva y operante de ese fin.
Instrumento que muchas veces, o casi siempre, se convierte también propiamente en la causa y el fin al mismo tiempo.
En las dimensiones inferiores como la nuestra no se podría ser instrumento de una manifestación Divina o Cristica si no se es, al mismo tiempo que el Instrumento, parte misma del Instrumentador.
Esto ocurre desde el punto de vista místico esotérico en el momento en que se vuelve Uno Solo con El, por ejemplo, durante la Sanguinación o compenetración y desde el punto de vista humano cuando reproduce la presencia física de la causa (Cristo) a través del Verbo educándonos y preparándonos en Su Verdad para poder hacer Su Camino asimilando Su Gnosis dentro de nuestra limitación dimensional material, para que esta nos conduzca a la Vida Eterna.
 
Pero volviendo al campo de la Cristología tan “fructífera” durante el siglo XVI, como necesaria a la época, nos encontramos con determinados postulados que intentan sustentar la lógica de una institución “…la humanidad de Cristo es plena y perfecta porque es la humanidad de Dios...Cristo es verdadero hombre y verdadero Dios a través de una dualidad de naturalezas (humana y divina) y la unidad de la persona (unión hipostática)
Dentro de ese concepto entonces entendemos que Cristo es humanamente perfecto porque es la manifestación humana indiscutible del Padre.
Y que, por ser una emanación Divina y directa de Este, cualquier cosa que El haya hecho o manifestado es así mismo perfecta y única.
Es camino, Vida y Verdad.
Pero al mismo tiempo, este concepto limita la infinitud de la Verdad y negaría la posibilidad de que la Relación del Cristo con la Humanidad pudiera darse a través de otras formas y, sobre todo, a través de Sus propios instrumentos. Quienes, precisamente por el hecho de ser Sus instrumentos y Su manifestación, la metodología con la que operarían posee la perfección Cristica-Humana proveniente de Él.
 
Ahora bien, creer en el Cristo que se manifestó como hombre hace 2000 años, cuya existencia, por lo menos en su base, es sostenida por la historia reproducida oficialmente como cierta por el establishment, incluso con las denunciadas, conocidas y públicas manipulaciones de ciertos hechos y datos, a lo largo de la historia, es ciertamente sencillo.
Porque en definitiva las pruebas de la existencia y manifestación del Maestro son, al final de una manera u otras, pruebas impuestas por el credo dominante para su propio beneficio.
Credo que forma parte del poder mundial que se encuentra en la cúspide de la pirámide, (representando 1/3 de la población mundial) alimentado por el sistema que el propio credo, al mismo tiempo, sostiene.
Credo que es amoldado bajo diferentes formas e interpretaciones más o menos novedosas para que pueda ser asimilado según las diversas necesidades socio culturales que surgen de las varias realidades en las diferentes comunidades humanas.
Realidades, que, a su vez, son frutos de las consecuencias emergentes de los hechos sociales y geopolíticos de cada región (es más fácil desarrollar el control de las masas si existe al menos un punto en común entre aquellos que deben ser dominados y éste debe ser necesariamente sobre natural).
De esta manera creer en Cristo o saber sobre su existencia es casi un evento natural que se producirá tarde o temprano en la vida de una gran parte de la humanidad.
Pero a nosotros, sin embargo, nos gusta pensar que aceptar al Cristo en nuestras vidas es un logro y casi que merece una recompensa. Y que conocer su Vida nos hace ilustres.
Así mismo enamorarnos de Su sacrificio, de Su historia, abrazar con esperanzas Su promesa de regresar es prácticamente consecuencia de una relación psico humana con aquel que nos transmite el conocimiento o información.
Es irrefutable Quien Fue, Quien es y Su Origen porque muchos antes que nosotros fueron testigo de Su Poder.
 
Pero no olvidemos que fue necesario que venciera a la muerte para demostrar Su Poder Absoluto y Quien era.
Ver sus milagros cotidianos, curar enfermos, resucitar muertos, llenar el espíritu, enfrentar al Poder y correrlo del templo sagrado a latigazos, consolar a los desahuciados, convertir el agua en vino, multiplicar los panes y los peces para alimentar una multitud, anunciar los acontecimientos antes que estos se produjeran y unir a aquellos que nunca estarían juntos, no bastaron para que la comunidad y sus propios seguidores lo defendieran en la plaza. Ni siquiera fue suficiente, habiendo tenido la oportunidad para que sea elegido frente a un criminal y evitar que fuera Crucificado.
Hoy pensamos de ser diferentes a las personas de ese tiempo y miramos con vergüenza sentenciando lo que hicieron, pero en realidad lo único que nos diferencia de ellos es simplemente que conocemos la historia. Sabemos lo que sucedió después de ese nefasto rechazo y que, “el Hijo de Dios, era efectivamente el Hijo de Dios.”
Y nos aferramos a aquello que trasciende nuestra humanidad, porque sabemos en el inconsciente que somos llamados a dejar de ser Hombres.
Seguro que vivir y desarrollar las enseñanzas de nuestro Maestro es la base Justa e Ideal para una nueva Super Civilización que nuclee a aquellos que han evolucionado.
Es una condición innegable. Y realizarlo nos tiene sufrientes y operantes. Nos duele, nos cuesta, queremos lograrlo, es nuestro objetivo sagrado. Indiscutible.
 
Pero hace Dos mil años también fue ofrecida la misma oportunidad, quizás en claves diversas, pero exactamente bajo las mismas circunstancias.
Una humanidad sometida y manipulada por el Poder a través del credo y la ley y una Verdad ofrecida para todos.
Verdad que, además, libera porque te hace comprender las causas del yugo y la eternidad de las almas, la Inmensidad de Dios y las consecuencias de cada acto.
Es más, una Verdad tan Verdad que Aquel que te la ofrece es capaz de manipular la materia y de hacer milagros inimaginables simplemente realizándola, viviéndola y manifestándola en sí mismo.
¿Entonces me pregunto y le pregunto a todos los cristianos ¿Es creer en Cristo y observar sus enseñanzas el único fin y condición para ser candidatos al Nuevo Reino, el que, además, se materializará en un tiempo futuro y desconocido?
 
A través de la doctrina Cristiana Religiosa nos han inculcado que solamente a través de la transubstanciación entramos en verdadera comunión con Cristo, reduciendo esta relación a un acto material en el que se expresa una simbología. Comemos y bebemos materialmente de Su Cuerpo humano y material(representado por el pan y el vino) para relacionarnos con Su Divinidad porque así fue por El expresado.
Devoramos Su cuerpo y bebemos Su sangre una y mil veces sin comprender.
Pero es exactamente al revés porque es la Simbología del acto que se expresa en la materia lo que importa realmente. Porque no es el cuerpo y la sangre lo que debemos comer, sino que debemos alimentarnos del Logos que germina la semilla del trigo y madura la uva. El logos del que El proviene y que se sirve de la materia para expresarse. El milagro eucarístico no se produce durante la consagración de la ostia, sino que dentro nuestro.
Y a través del cual cumple la promesa de no dejarnos huérfanos.
Desde este punto de vista la celebración de la Eucaristía realizada por una gran parte de los representantes de la Iglesia carece de sentido y es vacía. Está viciada de las continuas limitaciones dogmáticas y espirituales propias de una Iglesia que entiende que la Revelación Divina simplemente se trata de “enseñanzas teóricas” que buscan la divinidad fuera del mundo infinito como si fuera filosofía.
Cuando en realidad es la fundamentación y orientación hacia las normas que rigen el Universo en el que la divinidad es concebida en los infinitos mundos y las infinitas cosas. Normas en las cuales se sustentará el Nuevo Cielo y la Nueva Tierra.
 
Además de Su Sacrificio una de las cosas para resaltar de la figura del Cristo son Sus continuas advertencias sobre la posibilidad de que durante los tiempos de segunda Venida “…no lo reconocerían” sino que hasta Su Manifestación con Potencia y Gloria.
Pero ¿quiénes no lo reconocerían? sobre todo, no lo reconoceríamos nosotros, los que nos hacemos llamar cristianos.
Porque aquellos que no lo reconocieron históricamente, tampoco lo esperan, por lo tanto, no tienen como misión o prueba espiritual el hacerlo. Y es por eso que les es otorgada la Gracia de tan solo exprimir y desarrollar aquello que fue indicado, sin importar el entenderlo o saber de dónde proviene.
Y la Iglesia también se encarga de hacernos esa tarea más difícil cuando se detiene todo el tiempo en el anunciar el peligro de caer en las manos de los “falsos profetas” en lugar de ponernos en alerta para esperar a Aquel que ha de venir a preparar el Advenimiento e instruir y despertar a los Suyos. Aquellos por los que prometió regresar.
El Cielo es Misericordioso, el Padre es un empresario contumaz y El mensaje debe ser multiplicado, compartido, expuesto, porque es La Herramienta evolutiva de los seres que han desarrollado el alma, el espíritu, pero ¿y si nuestra prueba más grande sea la de reconocer Su presencia?
Hoy se nos entrega una llave para poder interpretar un conocimiento, que como hace dos mil años es reservado para pocos. Es reservado precisamente para aquellos por los que el Cristo prometió volver: “los que están en el mundo, pero no son del mundo”
Para que nuestra próxima elección sea la justa y grata para el Padre.
¿Y si el Cristo para nosotros cristianos ya se hubiera manifestado y todo ya estuviera cumplido?
¿Acaso no habría consuelo más grande para el verdadero cristiano que vivir con el Verbo que además manifiesta la Potencia a diario?
El Evangelio es aquello que debemos divulgar a las almas que deben despertar, pero es el espejo en el que nos debemos ver aquellos que Él considera “suyos”. Es aquello que debemos conocer para descubrir cuales son nuestras debilidades. Judas es aquel en el que nos debemos mirar y confrontar cada día.
Porque lo más difícil no es conocer la Ley de Dios, sino reconocer Sus Infinitas manifestaciones.
Su metodología perfecta sin lugar a más de una interpretación, Su Poder, Su perfección, aceptar Su tiempo, Su Justa misericordia expresada en oportunidad para todos y cada uno.
Entender que el conocimiento sobre el profundo bien y el profundo mal no se encuentra en el texto sino en la realización de reconocerLo.
 
 

Erika Pais.

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