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amigosDe Claudia Marsili

Ahora que el dolor nos atraviesa de cerca, ahora que experimentamos emociones quizás nunca antes experimentadas en su forma más arcaica y esencial. El miedo a la muerte. La confusión del presente. La incertidumbre del futuro. Ahora, sólo ahora, quizás por primera vez, nos detenemos a reflexionar.
Reflexionar realmente.
Y nos redescubrimos hermanos, sin que los límites marcados en un mapa geográfico puedan decidir por nosotros. Ahora nos sentimos cercanos a aquellas personas que están muriendo y sufriendo, incluso si no las conocemos, incluso si viven en otra parte de Italia. Nos sentimos cercanos a los médicos y enfermeras que ponen en peligro sus vidas por todos nosotros. Descubrimos quiénes son nuestros vecinos, los que viven enfrente, la anciana que vive sola abajo, el niño de arriba que está aprendiendo a tocar el piano y nos damos cuenta que, por primera vez, esas notas no nos molestan en absoluto, al contrario, nos hacen compañía. Ahora la risa de los niños en el patio calienta nuestros corazones y preparar un postre tiene el sabor del amor.
Pero los pensamientos nos atrapan, no nos dejan dormir. ¿Qué será de mí? ¿Cómo voy a proteger a mis hijos de todo esto? ¿Cómo recuperaré los meses de trabajo perdidos? ¿Y si la cuarentena dura todavía unos meses? ¡Hay peligro de volverse loco dentro de casa! Qué bien se estaba antes... cómo me gustaría que todo volviera a ser como antes... me gustaría volver a reclinarme en verdes prados, caminar, correr, me gustaría volver a tomar un aperitivo con amigos, me gustaría ir a bailar, extraño el gimnasio, me falta el aire de la montaña, me falta el aire del mar... me falta...
Lo siento... pero no estoy de acuerdo!
No estoy de acuerdo en considerar hermanos sólo a los que están dentro de los límites de nuestra hermosa bota. No me siento parte de algo que no sea el mundo entero... ¡el universo todo!
Mis hermanos son los pueblos nativos de los Andes argentinos, a quienes he tenido la suerte de conocer en el camino y que han llenado mi corazón de un amor impensable. Desde la oscuridad de sus casas vacías, sin puertas ni ventanas, se filtra una luz que es un bálsamo para el alma.
Mis hermanos son los niños que sufren en todo el resto de América Latina, en África, en Australia y en cualquier otro lugar del mundo, los que no tienen NADA que lamentar, porque nacieron en la miseria y en la pobreza, y morirán allí.
Mis hermanos son los niños que mueren todos los días en Siria o en la franja de Gaza bajo la indiferencia del mundo: ellos sí tienen ALGO que lamentar, pero no fue la naturaleza la que les quitó todo, ni fue una enfermedad. Fuimos nosotros. Les robamos la vida y el futuro.
Mis hermanos son los niños y todas las personas que, incluso en Italia, no tienen un hogar donde quedarse. Y se abrazan en la calle. Hoy más fuerte que antes.
Somos hijos de las mismas estrellas.
¡Y entonces no estoy de acuerdo!
No lloro y me angustio SOLO ahora, porque mis lágrimas y mi angustia han brotado sin parar desde mucho antes del coronavirus. Desde que mis ojos se abrieron y mi espíritu comenzó a cuestionarse.
No lloro ahora. Pero observo. Observo a la naturaleza implacable que nos trae un mensaje.
Porque sobre nuestra hermosa Madre Tierra
deberíamos habernos amado, pero nos odiamos,
Deberíamos haber recibido, pero expulsamos,
deberíamos haber alimentado, pero dejamos morir de hambre,
deberíamos haber donado, pero robamos,
deberíamos haber apagado la sed, pero dejamos que se ahoguen en la sed,
Deberíamos haber vivido en la verdad, pero llenamos el mundo de mentiras,
Deberíamos haber vivido en la justicia, pero creamos deshonestidad y generamos desigualdad,
Deberíamos haber abrazado, pero dejamos morir de soledad.
Y ahora somos nosotros los que nos sentimos solos, inmersos en el miedo del mañana, sin poder abrazarnos, sin libertad, sin Dios.
Y tal vez eso es exactamente lo que merecemos.

Claudia Marsili
Gubbio, 25 de marzo del 2020amigos2

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