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yogaPor Alessandra 'Alakananda' Miccinesi

Si se mira de cerca la vida se descubre que todo es yoga (de la raíz sánscrita 'yug' que significa enyugar, unir, mantener unido). Desde las armonías celestiales hasta los planos terrenales, el cosmos se sustenta en una mano invisible que sostiene y protege la vida con infinito amor creativo. Nada escapa al orden superior preestablecido que mueve a los mundos. En el universo, todo está en perfecta sincronía y sintonía. La vida late eternamente, expandiéndose entre el Cielo y la Tierra, entregándose generosamente a todas las criaturas: la flora y los animales, los océanos y las cordilleras, los manantiales cristalinos y los volcanes, las estrellas y los abismos. Durante eones, la inmensa creación ha estado bailando su majestuosa y profunda pulsación rítmica, marcada por el fluir del aliento cósmico donde el respiro universal es el aliento de Dios. Y lo divino – que a todo y todos compenetra por amor – es la linfa vital del yoga.

Lo creado está en perfecto equilibrio y cada uno de sus movimientos se realiza en cumplimiento de una sincronicidad superior que el hombre debe respetar más y a la que debe inclinarse en todo momento, porque esta prodigiosa manifestación es la expresión magistral de fuerzas superiores que el ser humano observa sin comprender, a través de su mente limitada, imperfecta y manipulada. Y cuando, cada vez con mayor frecuencia y de manera obtusa, el homo sapiens interviene con manipulaciones peligrosas y agresivas hacia la Madre Naturaleza y sus elementos constitutivos, aporta un desequilibrio en el circuito divino que provoca peligrosas desviaciones en la fuerza del planeta: el anima mundi. ¿Qué tiene esto que ver con el yoga? Mucho, de hecho todo. Porque el yoga es sinónimo de vida y armonía, expansión y conocimiento (que es conciencia). Es, en los planos superiores, la unión mística entre Dios y Su criatura.

Desde sus inicios, el yoga ha sido parte de la vida humana de forma natural, sosteniendo las necesidades espirituales del hombre y solventando sus necesidades materiales, sin crear fracturas entre dos fuerzas aparentemente opuestas: la materia y el alma. Las criaturas terrestres, como espíritus encarnados – que necesitan un excedente de energía para hacer frente a la dura ley de la matrix – para permanecer anclados en el suelo tuvieron que vencer la pesadez de los cuerpos y los pensamientos. Lo lograron en los tiempos antiguos armándose de luz y saciando su sed en la fuente del yoga, fuente de vida. Donde hay yoga hay alma, se ha dicho, y alrededor de esta práctica con el paso de los siglos ha florecido una vasta literatura y se han extendido escuelas filosóficas, espirituales y esotéricas. Incluso la medicina moderna y la física cuántica de hoy parecen reforzar las tesis defendidas en los textos sagrados por los maestros, que hace siglos susurraban de boca a oído las preciosas enseñanzas a sus discípulos, en secreto, porque el yoga era considerado un camino iniciático: una práctica reservada a los aspirantes a ascetas destinados a elevar el espíritu, pero sobre todo indispensable para hacer que el cuerpo – un vehículo grueso y pesado – sea capaz de sostener el aumento de energía, implementando las técnicas y sin causar daño. Especialmente al sistema nervioso.

De hecho, existe una relación muy estrecha entre cuerpo y mente que hace del yoga uno de los sistemas evolutivos más eficaces, porque nos hace comprender a nivel celular los movimientos del espíritu (ascendentes o descendentes) permitiendo que el ego se refleje en el Ser. Para finalmente redescubrir la verdadera naturaleza 'perdida' en la selva oscura. El hatha yoga es una práctica energética eficaz y poderosa que nos enfrenta a nuestros límites físicos (que exigen respeto), a nuestra mente llena de pensamientos y a nuestra personalidad, para eventualmente desestructurarla. Actúa sobre los 3 cuerpos principales (físico, energético y mental) mediante técnicas milenarias que a través de la auto observación, la expansión de la respiración (pranayama) y las posturas corporales (asana) liberan energías inimaginables. No hay riesgo para el practicante, siempre y cuando sea guiado en el camino por un maestro experimentado, y observe estrictamente las enseñanzas y técnicas sin improvisar. Desconocer las verdaderas contraindicaciones del yoga, y practicarlo superficialmente pensando que es solo una gimnasia extrema, o un ejercicio para moldear el cuerpo, puede resultar muy peligroso.

Quienes practican yoga con regularidad conocen la importancia de los rituales de purificación (shat karma, limpieza profunda interna y externa a realizar bajo la supervisión de maestros expertos) enumerados en los textos clave, y siguen una dieta saludable, mejor si es vegetariana, porque saben muy bien que nos volvemos lo que comemos a nivel emocional, mental y anímico. La comida debe ser lo más pura y orgánica posible y tratada con amor: debe ser cocinada en forma expresa, por personas puras y en ambientes positivos, y en la preparación se pueden cantar mantras si es necesario, para cargar energéticamente a los nutrientes. Como haría una madre con la comida de su bebé, el yogui no descuida nada. Incluso el aspecto sutil tiene su valencia.

Aventurarse solo en la práctica de una disciplina que en los últimos veinte años ha sido distorsionada, degradada y transformada en negocio por una falsa nueva era, puede causar daños en el cuerpo y la mente. Yoga no es sinónimo de cultura física y bienestar como fin en sí mismo. No es un deporte, sino una filosofía: una vía práctica para la evolución de la conciencia, en palabras de Sri Aurobindo. No debe haber competencia ni espíritu competitivo en el yoga. Y las posiciones dignas de un faquir que gozan de popularidad en internet son tan bellas como dañinas si se llevan a cabo por pura ostentación, antes de haber construido una base sólida del Yo, porque potencian el Ego en lugar de reducirlo. Y esto, a la larga, engorda el individualismo desenfrenado.

Hoy en torno al yoga, que ha vuelto a cobrar protagonismo como panacea del hombre tecnológico para curar los males que él mismo provocaba, ha florecido una selva de indicaciones y escuelas que se han alejado de la matriz original. El yoga existe para mantener al hombre en el cauce de su verdadera naturaleza, para igualar sus pensamientos y hacerle saborear amrita, el néctar divino de la inmortalidad. A lo largo de los siglos, la mente – un don de la divinidad – se ha transformado en un arma que el hombre ha utilizado contra sí mismo, de forma más o menos consciente. Los occidentales, y no solo ellos, han trastornado el corazón de una práctica que apunta a la realización espiritual y la salvación a través de la acción desinteresada, el conocimiento, la devoción y la meditación. Al exaltar solo el rendimiento físico, existe el riesgo de degradar la naturaleza mística del yoga. El hatha yoga hace que el cuerpo sea escultural, flexible y resistente, pero si la mente que guía ese cuerpo solo apunta a pulir la superficie exterior sin preocuparse por la conciencia, vibrará de forma distónica con la armonía celestial.

El yoga ha llegado hasta nosotros con la fuerza silenciosa de un fósil eternamente viviente. Si en el 2020 todavía nos encontramos discutiendo posturas (asana), canales de energía (nadi), energía vital (prana), palabras sagradas (mantra) y meditación (dhyana), hay una razón, pero escapa a los ojos de los espectadores miopes o distraídos. La divinidad, desde la noche de los tiempos, le ha dado al hombre el yoga a través de un lenguaje críptico que los sabios videntes del Himalaya fueron capaces de descifrar, transfiriendo estas enseñanzas a los guardianes de la sabiduría. Hoy tenemos la responsabilidad de proteger tales magisterios para que no sean violados aún más de lo que han sido en los últimos veinte años. El yoga es una forma de salvación psico-física-espiritual. Actualmente es uno de los pocos caminos que permiten al ser humano, sumido en la matrix, a aspirar a las alturas: es el puente arcoíris que une Tierra y Cielo. Puede hacer que el hombre dé el famoso salto cuántico proyectándolo hacia el nuevo yuga, siempre y cuando las prácticas se apliquen de acuerdo con las indicaciones de los sabios y sus linajes.

La devoción, el amor por lo sagrado y el respeto por la vibración que nos habita de vida en vida, y se manifiesta a través de la respiración, son las condiciones sin las cuales no hay verdadero yoga. He aquí entonces la explicación de la importancia del ritual, del gesto codificado a través de la repetición servil de asanas y respiraciones para cristalizar una energía psicofísico-mental específica en ciertos distritos (chakras) y que se encuentra en el canto sagrado de mantras – antiguas fórmulas mágicas que saturan el aire y como flechas buscan el centro del objetivo (uno para toda la sílaba sagrada OM) – la herramienta perfecta para las mentes inquietas. A medio camino entre domar un caballo salvaje y estirar la cuerda de un arco para disparar la flecha, el yoga nos enseña el noble arte de la paciencia, del escuchar y del abandono. Los resultados solo prosperarán si el esfuerzo del cuerpo es suave y la respiración siempre es el centro de atención. El espacio entre pensamientos crecerá con nuestra evolución, tejiendo la expectativa sentado con las piernas cruzadas, las manos en el regazo y la mirada fija en el tercer ojo. Sin esperar resultados, desprovisto de juicio e interpretación, el yogui observa seráficamente los movimientos del mental sólo con la mirada interior; habita en la quietud de sus pensamientos cada vez más enrarecidos, convirtiéndose en el testigo silencioso de un devenir eterno en el que su mente se vuelve Una con el objeto de la meditación.

En este proceso, sublime y efímero, el yoga es como un padre benévolo que nos lleva de la mano por los caminos recorridos por la mente, para mostrarnos el espejo de un Yo que solo quiere volver a casa, al corazón, a su inefable inteligencia que se abre al amor universal. A la creación, a lo divino. Quienes desenrollan el tapete suelen saber esto, nada es seguro al comienzo de la práctica. Pero al mismo tiempo, todo es posible en el devenir. Como dicen los sabios, el tiempo es solo un engaño de los sentidos: el pasado ya no existe y el futuro aún está por llegar. Entre un asana y otro, tenemos la oportunidad de redescubrir el yo perdido en pensamientos, tanto en las alegrías como en los dolores. En el instante infinito de un aliento que brota del aliento eterno, podemos ser capaces de rasgar el velo de maya, robar el momento. Y en éxtasis, observar con infinita ternura ese 'aquí y ahora' de inenarrable belleza. Se practica yoga para recibir este inesperado y precioso regalo. Está en la armonía de la entrega detener el cuerpo y la mente, abandonándose al silencio de las emociones. Percibir la conciencia expandiéndose más allá de los confines de la piel. Los pulmones como bosques. El corazón un tambor. Sentir la energía que hace arder las estrellas correr como arroyos por los canales internos e iluminarlos. Nuevos mundos nacen entre los relámpagos. Recorrer el camino hacia atrás a lo largo de la fuente de la respiración y regresar al vientre del universo. A casa. El milagro se repite cada vez, con cada encarnación. Vida tras vida esta fuerza cósmica late, pulsa, golpea. Y nos viene a buscar, siempre.

Por amor. Namasté.
4 de noviembre del 2020

 Adjuntos:

- 5-01-20 El eterno cumpleaños del hijo de Krishna

- 10-09-11 Testimonio de un alma en el camino del yoga
https://www.thebongiovannifamily.com/mensajes-2011/3873-testimonio-de-un-alma-en-el-camino-del-yoga.html

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