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geonocidio200x200De Agustin Saiz

El mal no existe en la naturaleza como tal, existe solo en la medida en que un grupo de hombres se asocie para hacerlo. Podemos conceptualizarlo fácilmente reconociendo, que todo aquello que conocemos como “algo malo”, es la consecuencia o el resultado del accionar de estructuras sociales, en donde todas tienen ese rasgo común, es decir son de carácter humano y colectivo.
En ninguno de los reinos de la naturaleza existe el mal, es imposible concebir a un ecosistema que produzca algo moralmente reprochable, o un genio solar que reproduzca una forma de vida perversa. Las fantasías cinematográficas de grandes batallas intergalácticas que tanto nos emocionan, son justamente eso: una épica de la proyección de nuestra condición degenerada. La extinción de los ecosistemas, el hambre y la guerra son producciones solo de nuestra especie humana y ninguna otra es capaz de hacer algo análogo, ni siquiera en menor escala.

Alguien puede imaginar una manada de una especie animal que tenga como fin depredar hasta extinguir a otra? Ni siquiera las mas feroces de las bestias actúan bajo este principio, solamente en casos de desequilibrios temporales (producidos por el hombre) ocurren desbalances que a lo largo del tiempo se autoregulan y mitigan hasta retornar a un estado de armonía.
Hacia arriba de nuestra escala evolutiva, ocurre lo mismo, el principio creador emana en todas direcciones dinámicas de armonía, belleza y asombro, siempre.

Algo que parece tan banal puede funcionar como un principio regulador en todas las ideologías filosóficas que están naciendo, necesariamente, en medio de nuestro colapso civilizatorio.
El reconocer esta verdad, operaria como una piedra fundacional en las sociedades del futuro que ya están surgiendo como pequeños brotes, en una etapa de la humanidad prácticamente consumada. La presencia de este pensamiento en las nuevas formas de concebirnos, nos abriría a un camino de enriquecimiento permanente, porque asumiríamos de manera implícita el deber de monitorear y corregir todas las desventuradas de los próximos procesos colectivos de reorganización, de cara al futuro en la medida que sucedan.
Este principio de observancia moral garantiza el desarrollo de todo el grupo completo, a lo largo del tiempo y más allá también. No habría “daños colaterales” a lo largo del camino. Ningún individuo de un grupo social cualquiera quedaría de lado, si tenemos capacidad de comprender que solo nuestros actos, humanos y colectivos pueden tener consecuencias negativas. Y evitaría que se llegue a una instancia, en la que los errores se acumulen uno tras otro, hasta desencadenar una catástrofe.

Pero además nos impondría el valor de la Justicia como una responsabilidad para confrontar con aquellos hombres que en concreto, deciden romper este pacto de equilibrio entre todos. Se acabarían todas las teorizaciones innecesarias, que a veces funcionan como excusas inconscientes que nos justifican y que nos permiten ser pasivos con las víctimas y las injusticias que sufrimos incluso nosotros mismos. Es decir creceríamos en el ejercicio de una filosofía practica de nuestra integridad humana, individual y colectiva.
Como diría nuestro Señor Jesucristo: “No lo que entra en la boca contamina al hombre; más lo que sale de la boca, esto contamina al hombre” Mateo 15, 11
En este punto es que hago otra observación, también de carácter natural, respecto a ese imaginario que llamamos horizonte de progreso social, en su sentido más general. Existe en realidad? O lo que existen son conquistas colectivas de nuevos puntos de equilibrios, cada vez más completos y profundos con todo lo que nos rodea? Me pregunto si el hombre, detrás de ese ímpetu de perseverar colectivamente sin capacidad reflexiva, en encaminarse detrás de un supuesto ideal, no se esconde una especie de pulsión de muerte, que nos empuja sin darnos cuenta a realizar actos constantemente desequilibrados, para darle curso a una descarga aun mayor de odio y sufrimiento.

Desde las guerras en el nombre de la cristiandad, hasta el actual conflicto del conflicto entre la OTAN y Rusia, siempre se ha encontrado una retórica hipócrita, pero a la vez aceptada por muchos, para llevar a cabo grandes atrocidades.
Bajo el concepto de que el mal es solo producido por la acción del hombre, pienso que Europa jamás hubiese podido llegar como sociedad a aceptar en su territorio la expansión de una fuerza militar planetaria, ni Rusia a tenernos cautivos con el fantasma de una guerra nuclear sobre nuestras cabezas. Cada grupo en su propio desarrollo, hubiese alcanzado el grado de responsabilidad que le corresponde en su accionar y dejaría de justificarse en nombre de una amenaza externa.
 
Se que estas utopías morales quedan cada vez más lejanas para las caídas estrepitosas de nuestras sociedades contemporáneas.

Pero no lo serán para aquellas que nacen, concebidas como la piedra preciosa templada en estos tiempos.

En lo personal si pudiera elegir un aprendizaje que cruce de una era a otra, seria este: recordar que aquello que llamamos alguna vez “el mal” existe solo como resultado colectivo de lo que el hombre en desequilibrio es capaz de hacer.

Toda otra concepción por fuera de esto, no es otra cosa, más que una fantasía teológica y así será recordada en el futuro por las generaciones que lo hereden.

Agustin Saiz,
Los Cardales (Argentina) 07/06/2022

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