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De Chiara Linguanotto
El miedo es, probablemente, la última gran prueba que deberemos enfrentar, especialmente con nosotros mismos.
El miedo es una herramienta que revela quiénes somos realmente y, tanto si lo queremos o no, nos hace tratar con nuestra verdadera naturaleza, sin velos y sin máscaras. Démosle la bienvenida como a un amigo al que cada tanto escuchamos y que nos muestra nuestros límites, pero rechacémoslo con autoridad cuando corre el riesgo de volverse demasiado invasivo.
Sentir miedo significa enterrar esa luz que está en nosotros, esa luz que debemos alimentar con fuerza y prepotencia en nuestro interior, porque si no fuera así nos moriremos por dentro; esa luz que se ha encendido, a veces lentamente, a veces con dificultad, a veces contra nuestra racionalidad, no la dejemos ir, retengámosla con fuerza, aferrada si es necesario, pero ¡no permitamos que nos abandone!
Perderla significaría haber perdido la última oportunidad de salvación, porque la luz es Cristo y a través de esa luz nos habla, si la perdemos significaría perder el contacto con Él, significaría perderlo a Él.
Perder a Cristo es fallar miserablemente en nuestra misión, no ser fieles a la elección hecha por nuestro espíritu, que eligió encarnar en este momento histórico, eligió que teníamos que estar aquí, por razones que aún nos son incomprensibles en esta dimensión, pero decidió estar aquí y ahora, por lo tanto, significaría traicionarnos a nosotros mismos.
Sentir miedo significa nunca haber creído verdaderamente en Dios, o haber creído en Él porque hasta ahora ha sido demasiado indulgente para ponernos a prueba.
Sentir miedo significa abandonarnos lentamente en los brazos del maligno, siempre listos para recibirnos con honor como invitados queridos e ilustres.
Significaría tener la humildad de reconocer que hasta ahora hemos creído en un Dios "virtual", un Dios sobre el que nos gusta tanto leer y argumentar... tal vez dentro de nosotros no pensábamos que ciertas situaciones llegarían, o tal vez sí pero dentro de varias generaciones, tal vez más adelante, pero no justo en la nuestra, no a nosotros.

Hoy ese Cristo, que siempre es el mismo, nos pide que permanezcamos con las manos firmes en el arado, ahora más que nunca, porque ha llegado el momento, porque necesita que Su ejército, ese ejército que ha tenido que esperar pacientemente más de dos mil años, lo siga sin demora ni incertidumbre, orgulloso de ser parte de la última gran batalla contra el mal, para finalmente traer paz, amor y justicia. Así tendrá que ser porque se lo debemos a Él, estamos en deuda con Él.

A todos nos gustaría Su Segunda Venida sin guerras, sin epidemias, sin pruebas a veces más grandes que nosotros. Las pruebas que Él nos confía pueden parecer enormes para soportar su peso, pero en realidad si nos las ha dado es porque sabe que tenemos la capacidad de enfrentarlas.
El miedo es la última arma de Satanás para ofrecerle a Cristo un último filtro. Ahora, el tamiz es aún más pequeño, también para nosotros, los integrantes de las arcas.

Estar en un arca y compartir un camino espiritual no significa haber llegado, significa dar la bienvenida y aceptar Su llamada, significa que a nosotros el Señor nos pedirá más porque nos ha dado más... Él ha trazado el camino de la Verdad y, en consecuencia, nos ha dado la oportunidad de ser libres; permanecer como "esclavos del miedo" depende sólo de nuestro libre albedrío y significa que aún damos prioridad a lo que la mente nos dice, sabiendo que siempre miente, en lugar de escuchar al corazón que nunca nos engaña.

El miedo es un lujo que ahora no podemos permitirnos y este pequeño sabor de desconcierto y mareo, cuando la humanidad anda a tientas en la oscuridad y en la confusión total, cuando todos han perdido sus puntos de referencia, sus certezas, porque parados sobre los cimientos de arena de una sociedad malsana e ilusoria, sabemos que estas son sólo las pruebas generales de lo que va a suceder.
Finalmente ha llegado nuestro momento, ha llegado la hora en que nuestras luces deben brillar más que nunca, debemos ser antorchas humanas incandescentes que iluminen los ojos de todos aquellos que no han querido ver. Nuestras luces deben iluminar al mundo como faros solitarios, donde la tormenta y las olas rompen a cada segundo, pero que no podrán ser abatidos, porque los cimientos son muy sólidos y están sobre la roca.
¡Esa roca es Dios, no la abandonemos!
Con amor, Chiara
14 de marzo del 2020

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